Vivir sin playa

En Literatura

Por Elsa M. Treviño

 

Casi todo el mundo vive sin playa, que es otra forma de decir que casi todo el mundo tarde o temprano aprende a hacer las paces con el extravío. En las planicies no hay mar u océano que nos pueda servir como referencia; los puntos cardinales no tienen un cuerpo visible. El paisaje del Bajío, como el que posee Querétaro, guarda el secreto de la dirección en sus entrañas magnéticas y las personas debemos aprender el rumbo de las cosas por suerte o por costumbre. O simplemente nos perdemos.


Esto no pasa cuando hay playa. De niña, los veranos viajábamos ocho horas por carreteras llenas de curvas y sierra para hacer casa en algún hotel de la costa durante una semana. Así aprendí que junto al mar una siempre sabe dónde se encuentra. Aquí y no en esa garganta melódica que canta todo el día y toda la noche sin cesar, bella y peligrosa como una sirena. Aquí y no allá donde pega de frente la brisa y despeina y llena la boca del sabor salado del agua. Aquí y no allá.


Esta experiencia mía, la añoranza de un borde acuático que estructure la forma del mundo, no es la excepción, sino la norma. Miles de vidas plenas son vividas sin saber cómo es el mar, el Nilo o el Amazonas, uno de los grandes lagos. Y casi todos los extremos de la tierra firme tienen una forma hostil —acantilados, rocas, costas sumergidas. Tocar el agua a menudo es más riesgo que pacto. Pero, igualmente, miles de vidas han sostenido la ilusión de entrar no en el agua domesticada de un balneario, sino en aquella que nos sobrepasa, imposible de domar.


Leo por ahí: la playa es un accidente geográfico. Puede estar compuesta de arena, grava, guijarros. Las playas, sobre todo las que a mí me gustan, tibias y arenosas, son una contingencia Y, no obstante, en mi imaginario personal, esa playa de arena es el accidente que hace posible el encuentro con el agua salvaje y su gozo.


Es verdad que algunas sociedades tienen otras suertes orográficas —un monte, una cordillera. Pero si estas pueden brindar alguna certeza sobre nuestra ubicación espacial, no estoy segura de que tengan la capacidad de encauzar con la misma fuerza el deseo. Porque, si la playa ofrece un punto de orientación —un aquí, el piso; allá, el agua—, no solamente es en lo geográfico. Su presencia o ausencia captura nuestra imaginación, nos permite pensar en lo efímero y, también, en lo eterno.


En nuestra fantasía colectiva del escape, la playa es un viaje al que se va, una búsqueda, una pausa. En la playa podemos renacer, recobrar fuerzas, transformarnos. Evidencia monumental de que la totalidad del tiempo supera por mucho la brevedad de la vida  humana. A la playa se va cuando no hay trabajo ni escuela. Es la vacación fuera del pulso que marca el latir de la vida diaria. Es el premio de salir del mundo. Y del mundo solamente se puede salir si se está dentro.

 

Cuando digo que vivir sin playa es hacer las paces con el extravío, no me concentro en la carencia, sino en la esperanza. Cuando una se pierde, puede llegar sin querer a lugares nuevos: una vieja hacienda, un pueblo desconocido. Sin saber a simple vista dónde está el norte o el sur, desarrollamos una confianza innata en que tarde o temprano daremos con algo. Paseamos por nuestro territorio y nos lo aprendemos de memoria. Para dirigir nuestro deseo, ingeniamos otras aventuras: el bosque, el campo, los museos.


Mi familia y yo a veces vamos a la presa de Zimapán. Clavada en medio del semidesierto, dicen que en su fondo había un valle fértil que en los ochenta inundaron y ahora está cubierto por agua tan honda que se ve negra. A mi papá y a mis hermanos les gusta salir a pescar. A mí me gusta observar, porque el agua suele estar fría y casi nunca me meto. Me gusta subirme a una lancha y flotar. No hay marea ni arena, no hay agitación. Aquí, siempre aquí. La presa es una aventura artificial, diminuta fuga hecha posible porque aquí no hay playa.


Al interior, imagino que la orografía que nos separa de la línea marítima urde para nosotras una especie de madriguera. En este hecho hay una tensión. Landlocked sería la palabra inglesa que lo describiría, etimología que lo mismo habla de la restricción del terreno que de su abrazo: To lock. Porque, por razones distintas, tanto las prisiones como las bóvedas del tesoro se cierran con llave.

 

Pienso ahora en esa poquísima gente con suerte, costeña, perpetuamente bronceada, poseedora del objeto de nuestra supuesta privación. Gente que quizá lo tiene todo, excepto la dicha de salir y hacer el viaje fuera del mundo, a la orilla en que la certeza de lo conocido toca su posibilidad.

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